Leandro Donozo, de la editorial Gourmet Musical: porqué no soy electrónico todavía

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Me toca hoy hacer de malo de película y confesar por qué aun no me convertí plenamente a la religión del e-book. Pero antes, quisiera contextualizar un poco mis argumentos.

Aprendí a usar computadoras casi desde que aprendí a leer y me pasé la vida rodeado de libros y de diferentes versiones de lo que aún llamamos computadoras, desde la célebre TI99 hasta la netbook. Creo que mucho de lo que hice desde entonces tuvo que ver con estas dos tecnologías y muchas veces de su confluencia. Y, aunque les confieso que a veces me gustaría, todo parece indicar que no voy a poder dejar de leer por largo rato y, no sé uds., pero yo, cuando se cuelga la conexión a Internet me voy a dormir la siesta hasta que vuelva porque ya no sé trabajar sin red. Y cuando se me rompe la máquina es poco menos que como estar enfermo. Supongo que acá es el momento donde yo debería hablar del olor del papel y de las ventajas y el romance de los libros de papel y todo eso. Pero no. Como suelo decir, la casa es chica pero la biblioteca es grande. No veo la hora de recuperar las paredes de mi pequeño hogar y tener mi considerable y apreciada biblioteca, hemeroteca y archivo en la palma de mi mano.

Pese a mi adicción a la tecnología no estoy muy actualizado ni soy de ir siguiendo los ritos de la religión tecnológica que obligan a comprar un gadget nuevo cada seis meses. Como prueba de mi blasfemia, puedo decir que aun uso un celular que solamente sirve para hablar por teléfono. No tengo ni smartphone, ni tablet, ni reader, pero estuve probando algunos de estos aparatos y quiero hacerles saber –por favor tomen nota–  que mi cumpleaños es el 14 de diciembre.

Ahora bien, como editor y dueño de una pequeña editorial independiente puedo confesar dos sueños. Uno es no tener que usar buena parte del dinero que gano y no tener que dedicar tanto esfuerzo a la mendicidad de subsidios y ayudas económicas varias para saciar el voraz presupuesto de papel, tinta e imprenta. El otro es dejar de hacerme malasangre día por medio con los avatares de la distribución: fletes, correos, llevar y traer paquetes y demasiados etcéteras que todo editor conoce.

Ojo, no quiero herir sensibilidades. Hice todos los libros de Gourmet Musical Ediciones con la misma imprenta y han sido muy amables y comprensivos conmigo y si bien hay algunos libreros que merecen que los cuelguen de los pulgares, hay muchos que también son gente interesante y ha sido en cierta forma aliados y nos han apoyado y han cumplido noblemente con su función, Digo, no tengo nada en contra de ninguna de estas nobles profesiones, pero creo que mi vida sería mejor si no tuviera que dedicarles tanto tiempo, dinero y desvelo. ¿No sería genial si uno pudiera editar libros sin la carga económica de pagar los costos de la imprenta? ¿No sería mucho mejor si uno pudiera hacer llegar esos libros a los lectores con menos esfuerzo físico y económico? Octavio Kulesz hace ya tiempo que me asegura que eso es posible. Y le creo, pero sigo pensando que es una verdad a medias o, al menos, por ahora, una verdad casi teórica.

Vamos entonces al meollo de la cuestión. ¿Por qué no soy electrónico todavía? Por un lado, ni si quiera tengo del todo claro qué diablos es exactamente un libro electrónico. La batalla de las corporaciones por definir formatos hace que no haya estándares y que hacer e-books sea hacer varias cosas a la vez: epub, mobi, aplicaciones y, por lo que vengo viendo, son cosas bien distintas. Para libros como los que publica Gourmet Musical Ediciones, dedicados a la investigación en temas musicales con partituras, muchas notas al pie, referencias cruzadas, índices y un exceso de  información, poder hacer libros multimediales con audio, video e hipervínculos sería una maravilla, sería hacer más de lo que podemos hacer ahora en papel. Pero me parece que algunos de los formatos actuales están pensados no para darnos más posibilidades sino para darnos menos (como dice una ponencia de Eduardo Abel Giménez en el Foro de Promoción de la Lectura del Chaco que hace menos de un mes me pasó Natalia Méndez, es como si los hombres pudieran volar pero por presiones corporativas nos obligaran a que no podamos elevarnos más alto de un metro). Y eso hasta dónde puedo entender porque, a la vez, se da una paradoja típica de nuestros tiempos: hay tanta información, tanto escrito y dicho sobre este tema que uno termina estando sencillamente desinformado. ¡La única forma de estar actualizado es ser Octavio Kulesz!

Preguntando un poco me hice a la idea de que hay algunas bases de trabajo que permiten cierta versatilidad para después producir los diferentes formatos necesarios, pero en cuanto uno empieza a bajar soft y a probar cosas, rápidamente se ve que uno más que editor o diseñador lo que necesita es como mínimo ser programador. Y hasta si uno se descuida y ve algunas aplicaciones que andan dando vueltas en base a libros, casi que parece trabajo para un director de cine. Esto se resuelve o con mucho tiempo y ganas, o conformando un equipo transdisciplinario. Pero eso no es fácil, porque no hay tanta gente que sepa hacerlo todavía y además cuesta demasiado dinero. Entonces tengo otra paradoja: lo que debía resultarnos “barato” (porque no hay imprenta, por ejemplo) ya no es taaan barato, al menos no todavía.

Pero creo que una de las principales razones que me detienen de, aunque sea, empezar a hacer libros electrónicos es la facilidad de la copia (no quiero decir piratería, que es más bien otra cosa). Evidentemente, parece que pese a todas las restricciones es relativamente fácil enviarse un libro entre amigos. No sé a uds., pero a mí no me da la cara para decirle a alguien que me pregunta si tengo un determinado libro o, peor aún, a alguien a quien le recomiendo un libro, “no, no te lo puedo mandar, compralo”. Lo que sucede es que, encima, lo que le paso ya no es un triste sucedáneo como una fotocopia o el mp3, es exactamente lo mismo, ¡es como si yo pudiera con un pase mágico agarrar un libro de papel y multiplicarlo como si fueran panes bíblicos! Si yo puedo hacer eso, ¿cómo puedo ya no negarte sino incluso ofrecerte un clon del libro que te interesa? No creo que la solución esté en perseguir la copia ilegal. Creo que eso es una estrategia imposible de sostener más que en casos aislados. Si técnicamente se puede copiar y compartir archivos ¡lo vamos a hacer aunque haya persecución!

Entonces ya no me tengo que preocupar porque los e-books todavía sean una porción pequeña del negocio y sean una inversión a mediano o largo plazo. Tengo que preocuparme porque no me quite ventas posibles de libros de papel. Entiendo que es probable que a la larga la facilidad para vender libros fácil e instantáneamente desde cualquier lugar del mundo y a menores costos pudiera compensar ampliamente las ventas perdidas, pero me cuesta aún evaluar el posible impacto, en un negocio de la escala pequeña del nuestro, de ese “a la larga”. Imagino que debería al menos tener también un efecto promocional, que a la larga si a alguien le gustó se lo va a comprar. Pero yo, que toda la vida fui un comprador compulsivo de discos, no sé hace cuanto que no me compro uno y menos aún recuerdo la última vez que revisé las bateas de una disquería. Y eso no significa que no siga escuchando música grabada.

Yo creo que a largo plazo la cosa va a funcionar, pero que por ahora este es un negocio para otros, para las corporaciones grandes: Google, Amazon, lo proveedores de Internet, etc., pero no para nosotros los editores, los productores de contenido (al menos los pequeños). Y no sé ustedes, pero yo estoy un poco cansado de que me repitan todo el tiempo de que no puedo dejar de participar de cosas que no son negocios para mí y son negocios millonarios para otros. Reconozco que muchas de las cosas que estoy diciendo podría empezar a verlas distinto y hasta darme cuenta de que estoy equivocado con más información actualizada y honesta. Pero por el momento he decidido esperar un poco para volver a participar de las actividades de “capacitación” que a veces se proponen donde traen a supuestos especialistas que proponen cosas como que hay que financiarse con sponsors y que hay que vender servicios, no productos y que poco menos que tengo que lograr que la gente pague entradas para ver a los autores como si fueran estrellas de la televisión, porque si vuelvo a escuchar cosas por el estilo no respondo por como pueda reaccionar.

En fin, les juro que no veo la hora de poder dedicarme a vender e-books, en serio, pero me parece que queda bastante por definir, aclarar y sincerar en cuanto a los modos de producción y sobre todo en cuanto a modelos de negocios sustentable para que podamos aprovechar como quisiéramos todas estas potencialmente maravillosas oportunidades.

(*) Leandro Donozo es editor, docente e investigador. Por qué no soy electrónico todavía fue su exposición en la Conferencia Editorial 2012, organizada en el Centro Metropolitano de Diseño por Opción Libros (de la Dirección General de Industrias Creativas del GCBA). En esa oportunidad compartió la mesa con Octavio Kulesz, también editor y autor de La edición digital en países en desarrollo, quien le había propuesto que hiciese “del malo de la película”. El Observatorio de Industrias Creativas agradece al autor la gentileza de permitir la publicación de su exposición en el Boletín del OIC.

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