Teatro 2012: el circuito alternativo sumó la mayor cantidad y diversidad de contenidos

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Cierra el año teatral y se impone el recuento, siempre incompleto ante una actividad que desborda por el empuje de los creadores. La cartelera no dio respiro al espectador interesado en compartir los secretos y las transformaciones de la escena.

Por Hilda Cabrera y Cecilia Hopkins

En principio, las obras del circuito alternativo, previamente escritas o elaboradas en ensayos o a partir de dramaturgias colectivas, sumaron la mayor cantidad y diversidad de contenidos. De este circuito y de los elencos de los teatros oficiales surgieron las quejas a los funcionarios de Cultura de la Nación y de la Ciudad por cuestiones relacionadas con el atraso en la entrega de subsidios y la demora en la firma de contratos y el pago correspondiente. Hubo reclamos de la Asociación Argentina de Actores y de entidades que agrupan a los independientes, pero no acciones en conjunto. La fragmentación sigue siendo un estado aún no superado por los mismos que reclaman cambiar los ejes de la discusión.

Se dice que la complicidad es fundamental en el teatro y que “la obra se va haciendo” con el público, pero esas aspiraciones no se cumplieron siempre. No basta con propuestas ligadas a situaciones y estéticas que importan. Por otro lado, el interés de los más jóvenes por los sucesos de la historia y el devenir político no fue novedad sino rebrote de años anteriores. Entre otros ejemplos, algunas de las obras ofrecidas en el ciclo Teatro por la Identidad, además de diferentes en cuanto a enfoque, fueron estrenadas antes en otros espacios, incluido el ámbito estudiantil, como Islas de la Memoria, donde el equipo dirigido por Julio Cardoso demostró que era posible rescatar para la escena el silenciado período de la posguerra de Malvinas.

En este punto hubo continuidad y uso de materiales relativos a la militancia, el peronismo, la crisis y el exilio. Hasta Héctor Presa, especialista en teatro infantil y juvenil, se animó a abordar en Cenizas quedan… siempre, y en clave musical, el tema de la apropiación de niños, hijos de víctimas de la última dictadura militar. Sobre dos relatos del escritor Haroldo Conti –uno de éstos, A la diestra, cuento que Conti corregía antes de su secuestro–, Alfredo Martín montó Lo que llevó de ausencia; y en tono de comedia, Ampelmann, de Víctor Winer, estampó la frustración del militante que no pudo ser útil a una causa. Dirigió Mónica Viñao, quien llevó a escena Recordando con ira, del “iracundo” John Osborne, en adaptación del dramaturgo Mauricio Kartun, donde el eje fueron los vínculos difíciles de contemporizar. Del mismo Kartun, el actor y director Manuel Vicente presentó El partener, en el Teatro Nacional Cervantes. Luis Romero estrenó Argentinien, de Pedro Gundesen, con un destacado trabajo de Alejandro Awada; y en El arco de triunfo, de Pacho O’Donnell y puesta de Daniel Suárez Marzal, una familia de clase media asumía el rigor del exilio para salvarse de la crisis económica. Marzal estrenó una ambiciosa versión de Yerma, de Federico García Lorca, en el Teatro Nacional Cervantes.

Desde el personaje de una anciana discapacitada, viuda de un socialista de prestigio, la actriz Ana María Casó reflexionó sobre los vaivenes de la política en ¿Qué fue de Betty Lemon?, obra de Arnold Wesker; y en Cachafaz, de Copi, Tatiana Santana, Emilio Bardi y Claudio Pazos dieron cuenta de la transformación que se produce en unos personajes dispuestos a acabar con el hambre propia y ajena, y con los uniformados que hostigan al vecindario. En El miedo, el actor y autor Totó Castiñeira presentó a tres personajes en trance de develar el secreto que esconde un aljibe colonial, y partiendo de El matadero, de Esteban Echeverría, el actor y director Diego Starosta propuso una inversión de roles donde el discurso federal partió de una familia patricia.

Cenizas fue una de esas obras en las que la intensidad desplazó al adorno. La transgresión, el tabú y la muerte fueron pilares en este monólogo de Neil LaBute que protagonizó Patricio Contreras; en tanto La voz de la sirena, de Alberto Muñoz, actuada por Claudia Tomás y dirigida por Leonor Manso, halló nuevos significados en la soledad, el sometimiento y la violencia de género. La mirada femenina dominó en ¿Qué me has hecho, vida mía?, retrato de la actriz Fanny Navarro elaborado por María Merlino; y en 2040, Elisa Carricajo se refirió en clave de ciencia ficción al cuerpo femenino como territorio en el que pueden verificarse los cambios sociales y culturales. Escrita por Amancay Espíndola y dirigida por Ana Alvarado, Ojos verdes propuso un soliloquio a dos voces; en Aviones de papel, de la colombiana Diana Cheri Ramírez y dirección de Teresita Galimany, se abordó el tema del desencuentro en las grandes ciudades; y en Las lágrimas que me tragué, de Ezequiel Matzkin, actuada por Marina Castillo, se habló de la necesidad de descartar objetos para conquistar la libertad. Escrita y dirigida por Diego Faturos, Amanda vuelve, con Marta Lubos, mostró a una mujer madura que sobrelleva la soledad. La espera del ser querido se convierte en metáfora del deseo inalcanzable.

Las criadas, del francés Jean Genet, sacudió con una irreverencia que el director Ciro Zorzoli atenuó sin dejar de escarbar en el fiero vínculo de locura y defensa de lo propio que encadena a las criadas y la patrona, actuada por Marilú Marini. Irreverente fue también el montaje de La cabra, de Edward Albee, donde Julio Chávez compuso a un personaje ocurrente y provocador, dispuesto a sincerarse con los suyos. La última sesión de Freud, de Mark St. Germain, permitió a los actores Luis Machín y Jorge Suárez concretar un trabajo admirable. Conducidos por Daniel Veronese, dieron vida a dos valiosos personajes metidos en un clima social y político de perversión y exterminio en masa. Un tiempo en el que cabía cuestionar la existencia de un Dios justo. Este y otros planteos, como el de la inconstancia de los humanos respecto de lo que dicen creer, fue central en El Gran Inquisidor, creativa versión del célebre monólogo de Los hermanos Karamazov, novela de Fiodor Dostoievsky, que protagonizó el destacado director y régisseur francés Patrice Chéreau, en breve gira por Buenos Aires.

Frente al desastre, ¿qué le resta al que sufre y no ve en el otro a un enemigo? Quizá Las multitudes, de Federico León, sea un paso en pos de la transformación y el crecimiento junto a los otros. En un 2012 activo en materia de edición de libros teatrales, ciclos y homenajes, regresó el actor Miguel Angel Solá a la escena de Buenos Aires. Radicado en España, se lo vio junto al grupo La Típica en Leve Ascenso, recreando con música y palabras la historia de un personaje que padeció mal de amores. Junto con la danza, los textos del poeta y escritor Juan Gelman inspiraron al actor y director Hugo Aristimuño la obra Dibaxu, ofrecida en el Teatro Celcit, uno de los ámbitos particularmente activos de 2012. El tema de la vida compartida apareció en Mineros, de Lee Hall, una convocante pieza del circuito comercial, donde Hugo Arana, Darío Grandinetti, Juan Leyrado y Jorge Marrale compusieron a unos personajes que, en huelga y poniendo a prueba la propia solidaridad, descubren la pasión por el arte. Dirigida por Carlos Rivas, Lo que vio el mayordomo, del inglés Joe Orton –autor de obras en las que predominan la farsa cruel y el humor negro– derivó en reflexiones sobre las reacciones de la sociedad frente al tema de la libre elección de la identidad sexual.

Mientras en el circuito independiente o alternativo se multiplicaban las quejas por la “sordera” de los funcionarios, el teatro oficial seguía alentando las coproducciones. Fue así con Sallinger (sic), del escritor y director francés Bernard-Marie Koltès, en cuya puesta, en el Teatro San Martín, participaron La Cie Mû y L’Héliotrope, de Francia, compañía fundada en 1997 por Paul Desveaux. En ese espacio se ofrecieron versiones de Enrique IV y de Macbeth, de William Shakespeare, y en el marco de la temporada internacional, la celebrada 1984, versión de la novela de George Orwell, por la compañía estadounidense The Actor’s Gang, dirigida por Tim Robbins. Cerrando diciembre pudo apreciarse el afinado trabajo del Piccolo Teatro de Milán en Arlequín, servidor de dos patrones, pieza de Carlo Goldoni, en la versión de Giorgio Strehler.

El especulador, de Honoré de Balzac, se constituyó en una pieza fuera de serie. La adaptación y dirección fue de Francisco Javier, quien, dentro del grupo de artistas que llevan años de trabajo, estrenó Sol de noche (en el Cervantes) y propuso un homenaje a Jean Vilar y un estudio sobre este actor y director francés, creador del Festival de Aviñón y el Teatro Nacional Popular de París. Otro incansable fue Agustín Alezzo, que llevó a escena una nueva versión de Master Class, actuada por Norma Aleandro, y quien, junto a Nicolás Dominici, continuó dirigiendo El círculo, de Donald Margulies, y dio nueva vida a Jettatore, con gran lucimiento de Mario Alarcón. Entre otros creadores de trayectoria, el actor y director Norman Briski publicó textos y estrenó obras propias en su espacio Caliban; y Manuel Iedvabni dirigió ¿Cuánto cuestan los cristales?, basada en una pieza breve de Bertolt Brecht y otra de Jacques Attali.

La literatura incidió con distinta fortuna en la escena. Relevante fue el estreno de Molly Bloom, versión del famoso monólogo de la novela Ulises, de James Joyce, donde Cristina Banegas, dirigida por Carmen Baliero, retrató, con palabras de Molly, la rebeldía y el disgusto de una convivencia. La hasta entonces inédita puesta de La mujer justa surgió de la adaptación de la actriz Graciela Dufau y el director Hugo Urquijo de la novela del escritor húngaro Sándor Márai. El Caballero de la Triste Figura atrajo a la banda Los Macocos y nació Don Quijote de Las Pampas. Conversaciones con mamá, adaptación de la película de Santiago Carlos Oves, permitió a los actores Pepe Soriano y Luis Brandoni renovar el carismático contacto con el público, y en Para qué vamos a hablar de la guerra, el director y autor Román Podolsky recuperó a los inolvidables Gelsomina y Zampanò, de La strada, película de Federico Fellini, para radiografiar a los desplazados del sistema. También dirigida por Podolsky, Globo flotando contra el techo de un shopping, de Alberto Rojas Apel, ofreció al espectador una suerte de racconto a tres voces acerca de lo que desencadena en un hombre la muerte imprevista de su hijo.

Las historias de vida inspiraron un bello espectáculo de Pepe Cibrián Campoy, quien mostró una sensibilidad a flor de piel en el unipersonal Marica, donde actuó y del que es autor. Allí, el poeta y dramaturgo Federico García Lorca ensayaba un relato de su vida frente a quien sería su ejecutor. De otra historia nació Cliff (Acantilado), del español Alberto Conejero López, dirigida por Alejandro Tantanian; también Los insolados, de Hernán Morán, con puesta de María Urtubey, sobre relatos de Horacio Quiroga. Y hubo más: Pessoa (Saudades), monólogo de Javier García que interpretó Gerardo Baamonde; Freshwater, de la inglesa Virginia Woolf (única pieza teatral que se le conoce), llevada a escena por Emilia Franchignoni; y Riñón de cerdo para el desconsuelo, dirigida por Carlos Ianni. Allí, el mexicano Alejandro Ricaño armó una pieza lúdica a partir del vínculo entre James Joyce y Samuel Beckett. La mención de tanto título resulta escasa si se atiende a lo hecho en el teatro, disciplina que por la riqueza de contenidos e interpretaciones, reconocidas a nivel internacional, merece un mayor compromiso de los funcionarios a cargo y la creación de políticas culturales más participativas.

Fuente: Página 12

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