César González, director de Diagnóstico Esperanza: “Toda la película está hecha por manos villeras”
0Su vida hasta los dieciséis años “fue un bajón”, dice César González, director de Diagnóstico esperanza, película que filmó en la villa Carlos Gardel donde nació hace veinticuatro años. “No es por victimizarme: para miles de pibes de la villa las cosas son iguales. Salía a manguear con otros, revisaba bolsas; robé varios años, me comí seis tiros de la policía. Mi papá era un alcohólico que le pegaba a mi mamá; ella me tuvo a los dieciséis años. Mi abuela es empleada de limpieza y no se quiere jubilar porque mis hermanos y primitos se cagarían de hambre. Y después de los dieciséis tampoco mejoró: fui al penal. El panorama no llegaba ni a gris: era negro total”.
Sin embargo, en prisión algo cambió: “Me devoré más de cien libros. Conocí a Luis Mattini [el intelectual y ex dirigente del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)]; la literatura política de Rodolfo Walsh y Jorge Masetti me salvaron la vida”. De la cárcel salió con un poemario, La venganza del cordero atado, y otro nombre: Camilo Blajaquis, el de pila por el comandante de la Revolución Cubana Camilo Cienfuegos y el apellido por Domingo Blajaquis, el militante de la resistencia peronista muerto en el tiroteo en Avellaneda que leyó en la investigación de Walsh sobre el vandorismo y la violencia sindical, ¿Quién mató a Rosendo García? Publicó ese poemario y otro, Crónica de una libertad condicional, y creó la revista ¿Todo piola?
En Canal Encuentro condujo Alegría y Dignidad –“fue hermoso, importante para mí en lo personal y lo colectivo porque cada programa contaba los proyectos culturales y de vida de una villa diferente”– y en octubre dirigirá y presentará Corte Rancho, “que pone en pantalla al villero como un sujeto pensante. Nadie nos da ese lugar. El propio villero cae en el deber ser de la sumisión, pero si se abre a la reflexión genuina llega a territorios que la tele desconoce”.
Camilo Blajaquis vuelve a su nombre de César González para la realización de Diagnóstico esperanza, que se acaba de estrenar en el Cine Gaumont reabierto con pantalla y audio renovados (Av. Rivadavia 1635; funciones a las 15 y las 21.30) y que presenta con el lema “Cine villero sin estereotipos ni representación bizarra”. La filmó con una cámara digital de alta definición, sencillamente, con la ayuda de tres amigos para las escenas donde él mismo actúa: “Toda la película está hecha por manos villeras”. Y en la misma barriada Carlos Gardel donde sigue viviendo: “En el patio de mi abuela me levanté un ranchito, algo chico pero autónomo”.
–¿Qué muestra Diagnóstico esperanza, con gente real a ambos lados de la lente, y no estereotipos de la marginalidad, a un público probablemente de clase media habituado a esas imágenes reducidas de los medios?
–Creo que lo principal es que demuestra algo que no habría que demostrar: que los villeros somos sujetos pensantes, ciudadanos comunes que filosofamos, que tenemos habilidades como cualquiera que vive fuera de la villa. La película muestra que los villeros podemos realizar una obra artística con compromiso, responsabilidad y sobre todo transparencia: no hay manoseo, no hay estereotipo, no hay un vocabulario bárbaro, de ignorantes. Las villas son lugares ricos en historias, en problemas existenciales, y la película rescata cosas lindas, no esa mirada bizarra y colonizadora. Porque se nos coloniza como a los pueblos originarios: el villero es un ente a educar, a enseñarle cómo es la vida.
–¿Cuál es el argumento de la película que ha definido como “una ficción que se plantea un ensayo”?
–La línea argumental tiene que ver con la soledad de un niño que crece en la villa, y en ese camino se cruzan otros de otra gente de la villa y de clase media, que quiere que eliminen a los villeros, a los que odia pero también necesita. Ésa es la parte de ficción. Lo ensayístico intenta reflejar cómo el sistema de valores en que vivimos a nivel global se rige por la ambición, el poder y el dinero, cómo eso atraviesa todas las clases sociales aunque en cada una se refleje de maneras diferentes. Pero el fin el es el mismo: tener. No sólo dinero: un cargo, una chapa, una matrícula, un título…
–¿Cuál es el paisaje social que describe y con qué personajes?
–Actúan mi mamá, mis primitos, mis hermanos, amigos de Fuerte Apache y de Ciudad Oculta, actores profesionales que no son de la villa… El paisaje social se ubica en el contexto actual argentino y latinoamericano. Alan, el chico que crece en soledad, vive en una de las casas del Plan de Viviendas del Gobierno nacional. Todas las complejidades y las injusticias no suceden en la desolación de chapa y cartón de los ’90, sino en casas lindas en un barrio con asfalto, cloacas, agua potable. Pero en esta mejora económica siguen pasando muchas cosas: los pibes se siguen muriendo, los siguen matando… Muestro el progreso y la derrota.
–¿Cómo eligió el título?
–Diagnóstico esperanza se llama un poema que escribí en 2009 en el penal de Marcos Paz. El diagnóstico es lo que narro con imágenes del espacio y el tiempo actuales, y la esperanza nos caracteriza a la clase baja, porque la conservamos contra las adversidades. Cada días enfrentamos conflictos gigantes, y cuando pinta un problema ya estamos pensando la salida, no en contárselo al psicólogo en la semana. No tenemos esas costumbres. Y si no podemos resolverlos solos, tenemos la solidaridad de los vecinos, porque la villa es una gran fraternidad, una gran familia.
–¿Por qué pidió ayuda al Incaa una vez terminada la película?
–No podía esperar todo el proceso… para crear nunca pedí permiso. Si así fuera, todavía estaría escribiendo la primera línea del primer poema. Los psicólogos nunca le dieron bola a mi arte mientras estuve preso, ni los abogados; los jueces del Tribunal Federal Nº3 de San Martín me decían que yo no tenía futuro, que no iba a poder estudiar o hacer un libro. El Incaa apoya con la difusión, la proyección en el Gaumont y en todos los espacios Incaa del país.
–Usted habló contra la estética de Hollywood. ¿Cómo se diferenció?
–En la cárcel leí cosas sobre cine de Gille Deleuze, que me hicieron pensar en la imagen. Y desde que salí me estoy formando. Vi cientos de películas, hace años que hago el curso de cine “Cómo leer el film”, del profesor Luis Franc, en el Centro Cultural General San Martín, que me hizo conocer muchos autores a los que les importa contar por medio de la imagen: la forma. Y yo me preocupé más por la forma que por el contenido. Me inspiran nombres muy diferentes: los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, Jim Jarmush, el Grupo Dogma, Andréi Tarkovski, Michel Gondry, Robert Bresson…Quiero entender y ver el cine de otro lado, no desde el modo representación institucional, el deber de la representación clásica de Hollywood.
