El importador del teatro independiente argentino a Chile

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Una institución cultural recuperada por la democracia, usina de creación

SANTIAGO, Chile.- Los edificios tienen el poder de representar materialmente el espíritu cultural de un pueblo, como lo prueban sobradamente las fachadas o las entrañas mismas del San Martín y el Nacional Cervantes, en eterno proceso de recuperación.

Por Federico Irazábal

En sentido opuesto, lo mismo ocurre cuando se visita, en la ciudad de Santiago de Chile, el Centro Cultural Gabriela Mistral, mejor conocido como el GAM. No es casual; durante mucho tiempo la escena latinoamericana estuvo representada ante el mundo por el teatro porteño, principal faro en teatro hispanohablante. Pero en los últimos años venimos compartiendo ese rol con la escena chilena, no en lo que hace a cantidad, pero sí en calidad e innovación. La responsabilidad de que esto ocurra no recae sólo en los artistas, sino ante todo en la política cultural y los impulsos que desde el Estado se da a la creación y a sus hacedores, buscando formas creativas de producción que permitan sortear los enfrentamientos políticos y las crisis económicas.

La historia del edificio

Aunque la práctica artística santiaguina resulta hoy impensable sin el GAM, se trata de una institución más o menos reciente, pero cargada de un fuerte significado simbólico. El edificio, en su forma original y previa a un incendio que lo afectó en un 40%, fue construido durante el gobierno socialista de Salvador Allende, en 1972, para que sirviera de sede de la Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo (ONU), y luego el estadista chileno lo cedió como centro cultural, con el nombre de la premio Nobel chilena. Gracias a un sistema voluntario de trabajo de los obreros, fiel al socialismo, su construcción tomó apenas 275 días.

Tras el golpe, bombardeado e incendiado el Palacio de la Moneda, la dictadura se apropió del edificio y lo convirtió en sede del ilegítimo ejecutivo. Recorrer hoy el GAM y ver algunos de sus detalles arquitectónicos o piezas de mobiliario supone enfrentar de manera abrupta la historia del horror chileno, y al mismo tiempo contrastarla con la vitalidad y el dinamismo de la democracia. Michelle Bachelet dio la orden de reconstruir el edificio para legárselo a la ciudad. Le tocaba a ella inaugurarlo durante el último mes de su mandato, pero el fatídico terremoto y el tsunami en el Pacífico no permitieron la celebración, con lo que fue el actual presidente, Sebastián Piñera, quien debió inaugurarlo, en una celebración que no tuvo el brillo que habría tenido bajo el gobierno de la Concertación.

En su forma actual, el edificio cuenta con 22.000 metros cuadrados dedicados a las artes y la experimentación. Su directora, Alejandra Wood Huidobro, en diálogo con LA NACION, cuenta acerca del modo de funcionamiento y administración: “El centro cultural lo construyó el Estado de Chile y lo entregó en concesión a una corporación privada sin fines de lucro, que tiene la función de administrar y ejecutar la principal misión: disminuir la brecha en el acceso a la cultura.

El directorio de la corporación lo integran representantes del mundo público y privado y lo preside el ministro de Cultura. En cuanto al financiamiento, el GAM recibe un 70 por ciento de su presupuesto a través de una transferencia directa del Estado. El 30 por ciento restante lo genera mediante la administración de un parque de estacionamientos, un café, restaurante y tres tiendas, la producción de eventos privados, la venta de entradas y la búsqueda de auspicios”. Como puede verse, un sistema de producción mixto que parece funcionar sin demasiados inconvenientes, algo que en Buenos Aires genera más de un cortocircuito cada vez que se propone.

Argentinos tras los Andes

Javier Ibacache, actual director de programación y audiencias, es uno de los responsables de que Buenos Aires tenga una activa presencia en los escenarios del GAM. “Chile históricamente ha admirado el teatro porteño mirándolo siempre muy de cerca. Nosotros no apostamos por aquel teatro que ya tiene visibilidad aquí por el circuito comercial o por el Festival Internacional de Teatro, sino que buscamos en el off Corrientes. Allí existe una escala de creación y de contenidos que pueden contribuir a dinamizar los lineamientos en los que trabajamos. Y el público chileno es muy fiel al teatro porteño.

Pensar en el impacto que Claudio Tolcachir ha tenido aquí es prueba de ello. Pero la cosa no se detiene en él. Nosotros tuvimos a Lola Arias con El año en que nací. Hicimos una minitemporada de Los talentos, de Agustín Mendilaharzu y Walter Jakob, que tuvo una gran repercusión, y estamos programando para 2013 La idea fija, de Pablo Rotemberg; Como si afuera hubiese nada, de Guillermo Hermida, y El pasado es un animal grotesco, de Mariano Pensotti. Además, seremos sede del Festival de Danza Escena 1, que incluirá creaciones de Buenos Aires, y de una coproducción de teatro ciego que adaptará La isla desierta, de Roberto Arlt, además del montaje, dentro del Festival Santiago a Mil, de la obra de danza La lengua, de Leticia Mazur.”

Fuente: La Nación

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