Vale Cultural: una propuesta de subsidio al consumo de bienes culturales para democratizar el acceso

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La pregunta acerca de los determinantes del consumo cultural de una sociedad (quién elige consumir qué, por qué, con qué frecuencia) es una pregunta que permanece abierta en el campo de la cultura, y es formulada por todos los actores involucrados en el quehacer cultural, tanto artistas, como productores y quiénes diseñan las políticas culturales.

¿Cómo se forman las preferencias y los hábitos culturales? ¿Depende del capital cultural, de los recursos económicos disponibles para consumir cultura o del tiempo necesario para hacerlo? ¿Cuál es la incidencia de la –desigual- fuerza e inversión en publicidad y promoción de los distintos productos en la formación de estos hábitos?

Los recientes debates acerca de las políticas de subsidio con fondos públicos al cine o las producciones audiovisuales, por ejemplo, y su valoración en términos de fracaso en relación a la cantidad de entradas vendidas o los puntos de rating obtenidos, han vuelto a volcar la mirada pública sobre este pregunta, aunque desde una mirada que privilegia la lógica y los resultados en términos exclusivos de mercado y que, por tanto, deja de lado la particularidad del campo en el cual circulan los bienes culturales.

El núcleo de los cuestionamientos podría resumirse en la siguiente pregunta: ¿qué sentido tiene subsidiar producciones que, al fin de cuentas, nadie consume?

Sin embargo, la defensa de la política de subsidios a las producciones culturales del gobierno nacional goza de un amplio consenso. ¿Por qué el estado está llamado a subsidiar la actividad? Porque la producción cultural es una actividad estratégica no solo por el valor agregado que produce desde el punto de vista económico sino también desde el punto de vista simbólico.

Desde el 2003 hasta hoy, las exportaciones del sector crecieron el 150% y el PBI cultural alcanzó su máximo histórico en 2012, con el 3,8%. A la vez, el sector genera, de forma directa e indirecta, 300.000 puestos de trabajo en las áreas artísticas, técnicas y de producción (Fuente: Cuenta Satélite de Cultura, SinCa, Secretaría de Cultura de la Nación).

Desde el punto de vista simbólico, la actividad cultural hace a la memoria y la identidad de los pueblos, al derecho a la expresión y a la diversidad de voces. Su importancia estratégica en términos de patrimonio cultural es lo que convierte a la actividad, al margen –o en paralelo- a su circulación mercantil, en objeto de políticas públicas.

La industria cultural en busca de sus consumidores

Ahora bien, la pregunta por el consumo es una pregunta que sigue abierta y creemos que su formulación exige desplazar el eje: del acento en la cantidad de tickets vendidos como único indicador de mérito de una obra, a la pregunta por el derecho al acceso, que es un problema central en el diseño de políticas culturales.

El inminente lanzamiento del Vale Cultura en Brasil (y experiencias similares en comunidades autónomas de España, en Francia o en Chile) nos invita a pensar el problema del acceso a los bienes culturales desde una nueva perspectiva.

En estos países se han elaborado propuestas de subsidio al consumo cultural como parte de una política de inclusión cuyos objetivos son la formación de públicos, esto es, fomentar el hábito de consumir productos culturales; impulsar el acceso de determinados segmentos de la población, actualmente excluidos total o parcialmente del consumo cultural; y dinamizar a la industria, aumentando y diversificando el consumo cultural (Fuente: Consejo Nacional de Cultura y las Artes, Gobierno de Chile).

Lo que tienen en común las distintas propuestas es que se trata de un subsidio al consumo de bienes culturales que funciona en forma complementaria con los subsidios a la producción, mediante el financiamiento parcial al precio de los productos por parte del Estado.

De acuerdo a las experiencias observadas en otros países, los beneficiarios reciben una tarjeta magnética mensual con un monto determinado para gastar en bienes culturales que, para el caso de Brasil, se trata de 50 reales. El acceso al beneficio es optativo y el financiamiento se estructura en un sistema de copago: entre un 10 o 20% por parte del beneficiario y un 80 o 90% por parte del Estado.

El aporte del estado se financia en los distintos países mediante deducciones impositivas a las empresas intermediarias (ya sean productoras de bienes culturales o, como en el caso de Brasil, las empresas que gestionan este beneficio para sus empleados) o bien mediante asignación presupuestaria. El precio de los Vale oscila entre 50 y 360 dólares anuales y funciona mediante un monedero digital o tarjeta magnética.

Entre los productos alcanzados por el Vale se encuentran el Cine, las Artes Escénicas, Libros, Discos, Museos, Danza, Conciertos, etc. En algunos casos, el objetivo de la política consiste en, además de garantizar el acceso del público, dinamizar la demanda de determinados productos, como por ejemplo, el cine nacional. En el caso de Brasil, uno de los rasgos más innovadores radica en que no se establece de antemano un grupo de productos específicos a los que se puede acceder con el Vale, sino que en principio todos los bienes culturales están incluidos: masivos, independientes, nacionales, extranjeros, etc.

Junto con el subsidio a los precios, la política del Vale Cultural propone también el desarrollo de una plataforma de promoción, que posibilita el acceso igualitario para todos los productores a la difusión de sus obras.

Un Vale Cultural para la Ciudad de Buenos Aires

¿Es posible pensar en una política como el Vale Cultural para la Ciudad de Buenos Aires? El Vale aparece como una opción válida para dinamizar el sector y complementar los subsidios actuales a la producción, a la vez que consiste en una herramienta poderosa capaz de volcar recursos públicos al objetivo de garantizar el acceso a los bienes culturales y, a la vez, empoderar a los ciudadanos de su derecho a la cultura.

Sin dudas, la formulación de una política de subsidio al consumo cultural requiere la realización de un estudio diagnóstico para definir, entre otras variables, los segmentos de la población, actualmente excluidos del consumo cultural, que podrían beneficiarse con esta política.

En las distintas regiones donde se aplicaron medidas de subsidio a la demanda, estuvieron destinadas a segmentos de consumidores diferentes. En la mayoría de los casos, se han privilegiado a los sectores jóvenes, respondiendo al objetivo de la formación de públicos a mediano y largo plazo. El caso de Brasil, por su parte, también se destaca en este aspecto, ya que estará destinado a los trabajadores con ingresos inferiores a 5 veces el salario mínimo, con un potencial de 30 millones de beneficiarios en todo el país.

Como señala el spot publicitario del Vale Cultura Brasil, se trata de promover la democratización del acceso al arte y a la cultura como expresión de ciudadanía. Para que quienes hoy acceden, puedan acceder a más cultura; y quienes nunca pudieron, puedan hacerlo por primera vez e incorporarlo como un hábito, ya sea visitar museos, ir al cine o llevar a sus hijos al teatro a ver la obra que todos los chicos quieren ver.

Por estos motivos, proponemos discutir una política de subsidio al consumo de bienes culturales en Buenos Aires. La inclusión cultural es, sin duda, parte del proyecto de inclusión social que proponemos para la Ciudad.

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